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La virginidad en el cristianismo

  • 19 dic 2024
  • 3 min de lectura

Sofía Hervías. Madrid.


Universalmente es entendido que, una persona virgen es aquella que aún no ha mantenido relaciones sexuales. La virginidad será lo mismo independientemente de si una persona es cristiana o no, lo que cambia es el sentido que uno le da. En el caso de la perspectiva cristiana, aunque se entiende lo mismo por virginidad, el sentido que se le otorga es distinto, porque el creyente no se limita a ver meramente un acto físico, sino que ve también un sentido sobrenatural, y como consecuencia, quiere cuidar la pureza y castidad del cuerpo y corazón.

En primer lugar, cabe señalar que el fin de la virginidad para un cristiano es la consumación del matrimonio. Tan importante y tanto valor sobrenatural se le confiere al acto sexual entre los nuevos esposos, que hasta que estos no hayan realizado el acto no se ha consumado el sacramento. Es decir, no es válido el matrimonio y no se empieza a recibir la gracia (ayuda de Dios para ser mejor) hasta que se dé. 

El cristianismo entiende que la sexualidad y el amor van inseparablemente unidos; a mayor fidelidad y seguridad en el amor, mayor perfección de la relación sexual. Aquella en la que se separa del amor, es comprendido como un acto que exclusivamente busca la propia satisfacción, quedando reducido al placer y, por tanto, rompe con el sentido último de la sexualidad de unión del hombre y la mujer.


Sólo el amor comprometido y duradero crea el ámbito necesario para una sexualidad vivida humanamente y que satisface a la larga.” (Youcat, 2012).


Sin embargo, para entender esta unión como fin de la relación sexual, es necesario previamente comprender que Dios creó en el amor al hombre como varón y mujer siendo el uno para el otro “de manera que ya no sean dos, sino una sola carne” (Mt 19,6). Como consecuencia de esta complementación, los hizo diferentes, es decir, el hombre y la mujer se atraen sexualmente y personalmente, cada uno de forma peculiar. Cuando éstos se aman y se unen en la unidad de su cuerpo y alma, su amor encuentra una profunda expresión. A pesar de esta distinción, cabe remarcar que no existe primacía de un género sobre el otro; está alejada de toda mentalidad cristina y humana la discriminación de la persona por su sexo. Como expresa la Biblia, Dios concede a ambos la misma dignidad y derechos como personas, creadas a su imagen y semejanza (Gn 1, 2). El amor mutuo entre ellos es imagen del amor absoluto con que Dios ama al ser humano.

Para continuar con la idea de que el cristianismo sostiene que la sexualidad y el amor van intrínsecamente unidos, esta religión también defiende que el amor debe ser casto, es decir, debe basarse en la virtud moral, para resistir a factores o fuerzas tanto internas como externas que pueden llevarlo a destruirlo. Vivir castamente significa no ser esclavo de los instintos y las pasiones. Así, la sexualidad se vive de forma consciente, plena y perfecta a partir del amor y como expresión del mismo (es decir, desde el amor y para el amor), y, por tanto, la impureza sólo hace que el amor se debilite y oscurezca su sentido último.

Por todo esto, la religión crisitana se opone a las relaciones sexuales prematrimoniales, porque busca proteger dicho amor. Considera que hay que esperar al matrimonio para mantener relaciones sexuales porque, de esta forma, estarán construidas desde el amor y para el amor. Con el matrimonio, el amor es más pleno porque se le da un “te quiero” exclusivo y total. Fuera de ese “te quiero”, las relaciones están construidas sobre terreno endeble, y pueden romperse con más facilidad (por eso, como dice la expresión tradicional “el noviazgo está para dejarlo”).

Por último, la Iglesia muestra cómo no es compatible con el amor la opción de romper un matrimonio o el rechazo a tener un hijo; el amor está dirigido para ser fecundo, "Creced y multiplicaos" (Gn 1,28). Así entonces, según la voluntad de Dios, los esposos se encuentran en el acto conyugal, en un placer erótico y sexual, en una unión más profunda, permitiendo que de ese amor nazcan los hijos. El placer, aunque es muy bueno, no es un fin en sí mismo; sino que tiene que estar abierto a la vida que pueda surgir de él. 

En la religión católica nunca se debe hablar de obligación, es una antítesis. Eso no es incompatible con que las personas conocedoras de la Verdad, se encuentren en el deber moral de cumplir con los mandamientos, entre ellos el no cometer actos impuros. Esto no quita que, como lo que prima en todo momento es la libertad, cada uno puede vivir como considere. 

Así pues, la virginidad desde un punto de vista cristiano concierne no sólo la mera relación sexual, también la afectividad, la capacidad de amar y de procrear.


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